domingo, 25 de septiembre de 2016

Claveles para Eva (R)


 Enhorabuena, Ilune:

"Premio  RTVE al mejor Cortometraje de Escuela de cine, Calas para Eva, de Ilune Díaz. ( 1.000 euros y emisión en el programa Versión Española )"

Me siento muy orgullosa de ti y un poquito mas, por ser mi relato Claveles para Eva, el que te inspiró tan bonita historia.

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Durante las vacaciones de aquel indolente verano, comencé a trabajar como recadista en una tienda de flores.  El dueño era un viejecito jovial y bondadoso de ojos azules y cabello totalmente blanco. Perecía un enano de cuento infantil.

Aquella tarde, preparó con especial esmero el mas hermoso clavel rojo. Con una ramita de helecho, lo envolvió en un suave papel de seda y lo colocó artísticamente en una caja larga y estrecha. La puso en mis manos y me dijo: A las seis en punto.

Señor -le hice notar tímidamente- creo que se ha olvidado de la tarjeta...
Me miró por encima de sus gafas y me respondió con una pícara sonrisa: La persona que lo envía, desea permanecer en secreto.

Me encantaba llevar claveles a Eva. Era una chica muy especial, bonita y encantadora. Pero estaba pasando por una situación muy triste: Cuando meses antes el joven con el que estaba comprometida, la dejó plantada, todos sin excepción en nuestra pequeña ciudad-pueblo, la compadecieron sinceramente y censuraron indignados la conducta del chico. Mi madre por ejemplo, sentenció que todos los hombres eran iguales y que merecía ser apaleado públicamente...

A Eva, ese fracaso la hundió literalmente. Se encerró en casa, rompió con todas sus amistades, dejó de asistir a fiestas y reuniones... estaba decidida  a dejarse apagar lentamente, o en el mejor de los casos, a convertirse en una aburrida y antipática solitaria.

Cuando aquel viernes le entregué la caja con el primer clavel, parecía una sombra. Me miró con indiferencia. Es para mí?... Tomó la caja y cerró la puerta enseguida, como si se avergonzara de que la viera.

Viernes a viernes, luciera el sol o lloviera a mares, yo seguía llevándole el clavel rojo. A las seis en punto. Primorosamente presentado y siempre sin tarjeta.

Poco a poco fui notando un cambio en ella. Ahora se detenía a saludarme, a darme las gracias. Aparecía mas cuidadosamente peinada y vestida, y empezó a sonreír al hablarme.

Esa noche, cuando entró en la sala de fiesta, todos los ojos se volvieron hacía ella con simpatía. Sonrió a todos con la cabeza erguida y con un cierto aire de desafío, hermosa con su clavel rojo, prendido con naturalidad en su vestido.

Yo volví a mis estudios. Y al siguiente verano, seguí entregando claveles a Eva.
Pero, ahora, sí llevaban tarjeta.